| Se trata de una fortaleza alto medieval. Las ruinas se localizan en la cima del monte Santa Catalina (monte Hozar a 760m), en medio de un paisaje de bosque natural donde predominan las hayas y robles, se alcanza una incomparable vista panorámica del Desfiladero de La Hermida, Picos de Europa y Tresviso desde el mirador que allí se encuentra. El emplazamiento posee unas defensas naturales sobresalientes, sobretodo hacia el sur, donde el monte esta cortado por un profundo acantilado que cae prácticamente en vertical hasta el río Deva, 600 m más abajo. El acceso al lugar se efectúa de forma cómoda por la pista abierta de unos tres kilómetros que nace en la carretera de La Hermida a Puentenansa, a la altura del pueblo de Piñeres. El yacimiento fue utilizado durante siglos como lugar para la extracción de piedra con la que construir viviendas y los cierros de las fincas en los pueblos cercanos. Se relaciona la presencia de una torre y una atalaya con otras similares realizadas por la monarquía asturiana a partir del siglo VIII, Castillos de tipología similar al de Piñeres han sido localizados en Asturias, León y en Cantabria (Camargo). La secuencia estratigráfica confirma que la primera parte de la ocupación se produjo a mediados del siglo VIII. Esta continuaría al menos durante el siglo IX. Por su posición estratégica este asentamiento fue clave en la defensa, control y consolidación de los territorios cristianos en el comienzo de las primeras fases de expansión hacia el este del primitivo reino cristiano.
Recientemente se ha llevado a cabo una parcial, atípica y muy particular restauración de este elemento, para facilitar el disfrute siglo social del yacimiento. Se pusieron al descubierto parte de los restos de un recinto defensivo del que se conservan importantes testimonios de sus murallas Norte y Sur. Se excavó el amplio patio y al exterior se delimitaron parcialmente los restos de muralla, bastante bien conservados, que protegían al asentamiento por los flacos norte y sur. En este último caso se trata de un paramento de más de ocho metros de longitud y más de dos metros de grosor que proporciona al recinto un indudable carácter defensivo. Durante el desarrollo de las distintas actuaciones arqueológicas que se han registrado en este enclave se han recuperado numerosos fragmentos de cerámica común y cocina (ollas y jarras principalmente), de procedencias y cronologías diversas (lisas y con decoración incisa, estriada y pintada), puntas de saeta, restos de fauna consumida (ovicaprino, cerdo, jabalí, etc.) y otros restos de vida cotidiana. Estas piezas han permitido realizar una aproximación a la época en que este asentamiento fue ocupado. La instalación de traviesas de tren durante la “restauración” ha destinado en gran medida este notable yacimiento arqueológico.
Además hay una zona de recreo en la cual se puede descansar en caso de subir andando la pista que nos lleva hasta la cima, o simplemente disfrutar de tan singular entorno en caso de acceder en automóvil.
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